El sociólogo Andrés Brenner antipó algunas problemáticas contenidas en su nuevo libro "La escuela como practica política" que va ser presentado en el III Encuentro Latinoamericano de Educadores Populares en Paraná, el 10 y 11 de noviembre de 2011. En plena época del predominio de la cultura de la insignificancia vale apostar por una pedagogía crítica y reflexiva, afirma el autor en entrevista con el periodista Sarlengo, que aquí transcribimos.
_¿”La escuela como práctica política”, por qué elegiste ese nombre?
_Bueno… para Freire la educación no tiene una dimensión política, sino que la educación en todos sus aspectos es política. A partir de ahí podríamos discriminar de qué manera es esa política. He pensado llamar al libro la escuela como dimensión ético política. Pero al final no lo hice, porque las políticas neoliberales que tanto nos han afectado giran alrededor de una escuela que se entiende a partir de los parámetros del mercado, y entonces no puedo llamar al libro la escuela como práctica ético político, aunque en el fondo es un grito para que se llame así en algún momento
_¿A quién está dirigido el libro, para quién lo pensaste?
_Para mí los adolescentes de la escuela secundaria son mi cable a tierra. En el ámbito académico deambulamos, por así decirlo, en una especie de mundo de ideas. Y lo que intento es de alguna otra manera hacer un puente entre el mundo académico y las prácticas de nuestra gente, de nuestras comunidades. ¿Y por qué digo que los adolescentes son mi cable a tierra? Porque ahí realmente he aprendido un montón de cosas que en parte, o en gran parte, plasmo en mi libro. Por eso el libro se lo dedico a los alumnos de la escuela Técnica N º1 de Longchamps provincia de Buenos Aires. En esa escuela mantengo desde hace muchos años solamente dos cursos de filosofía. Y digo que fueron mis maestros, porque en la línea freireana todo educador es un educando.
_¿Es difícil enseñarle filosofía a los jóvenes?
_Fue un desafío mío. Y sí, no es fácil. No es fácil y a jóvenes y jóvenes de sectores populares. Algunas de esas experiencias relato en el texto. Porque los chicos si uno les explica toda esa serie de teorías que en el mundo académico se dan como obvias y se discuten, a los chicos no les dicen nada. Entonces lo que intento es que los chicos pongan en palabras sus propias experiencias de vida y desde esas experiencias de vida poder llegar a traducir lo que esos textos dicen. A ver qué le dicen esos textos a sus experiencias de vida. Sea porque esas experiencias se sienten clarificadas por esos textos o sea porque desde esas experiencias de vida le den con un hacha a esos textos, los critiquen.
Como no hay libros que enfrenten sistemáticamente esta cuestión, reconozco que como docente, en mis prácticas de enseñanza con los chicos he chapuceado, he hecho lo que he podido. A veces salí contento, a veces amargado, a veces las cosas salían bien, a veces medio mal. Y eso es lo que relato en ejemplos, en algunos capítulos y también lo pongo en teoría. Trato de tensionar el mundo académico con el mundo de la gente común, cosa que a veces es difícil, porque el mundo académico generalmente habla para sí mismo y ese es un flor de problema. En junio estuve en un congreso de filosofía en Montevideo. Y dije (a veces utilizo palabras un poco fuerte) ¿no será que todo lo que estamos planteando es una masturbación intelectual? O sea, que nos causa placer, pero es poco fecundo. Porque falta traducir el lenguaje filosófico y si no hay un proceso de traducción difícilmente sea liberador.
_El Ministerio de Educación de la Nación junto con el Consejo Federal decidió que, a partir del año que viene habrá 190 días de clases. ¿Cómo pensás esta relación calidad educativa más días de clase?
_En el apéndice del libro, tomo algo de eso. Lo puse como apéndice porque se me ocurrió luego de que estuviera diseñado el libro, a partir de una charla que di a fines del año pasado en Paraná, para AGMER.
Las paredes, en las escuelas, están presentes los 365 días del año, mañana, tarde y noche; 366, si es año bisiesto. Seamos francos: el problema es qué es lo que acontece en las aulas. Eso no es abordado por las políticas educativas. Es más fácil abordar la cantidad de días de clases. Se me ocurre un ejemplo: un enfermo en un hospital. La cuestión no está en la cantidad de días que pase en el hospital, sino por la calidad de la atención médica. Si no, no tiene sentido. Algo similar pasa con la educación. Sabemos, y el que es educador lo tiene muy presente, que los chicos en el mes de diciembre, cuando empiezan los calores infernales ya no aprenden, ni los docentes enseñamos. Entonces se hace un como si. Y en las escuelas secundarias se los comienza a largar antes a los chicos, porque los chicos ya no aguantan más y los docentes no sabemos cómo aguantar a chicos que no aguantan más.
Y hay otra situación: los docentes de escuela secundaria tienen más cantidad de días de clase. Digamos, días de trabajo. Cuando yo estudié para ser docente me enseñaron que la evaluación entra dentro del proceso de enseñanza aprendizaje y hasta fines de diciembre está la mesa de exámenes y en febrero, a partir de la segunda quincena también. Y eso parece que no se considera como clases. Pero eso tiene que ver con las clases. Creo que aquí hay más que nada una pantalla propagandística que otra cosa.
Cuando en España todavía no se había manifestado la crisis que se manifiesta en estas últimas épocas, en el momento en que era el brillante país del primer mundo, la cantidad de días de clases era de 166. En Japón son 210, pero el problema es que hay una competitividad tan fuerte en Japón que el chico que fracasa en la escuela primaria se siente fracasado para toda su vida. Por eso, las realidades son distintas. Lo que hay que ver es qué se hace en esos 190 días de clases.
_Leí hace poco una ponencia tuya sobre las reformas educativas y los manuales. ¿Podes sintetizarme cuál es la idea principal de ese trabajo?
La idea principal es la siguiente: en general y ojo que hablo de una tendencia… porque no es en todas las aulas, ni en todas las clases ni con todos los docentes, porque hay docentes que son maravillosos, hiper-maravillosos por todo lo que hacen, pero en las escuelas públicas –y supongo que en las privadas también- existe una tendencia a que el programa sea tomado al pie de la letra por un docente que las autoridades políticas supondrían que nada sabe y entonces permiten la existencia de manuales que repiten los contenidos mínimos que a veces son máximos, que tienen que ver con el programa oficial. El docente consigue esos manuales, repite lo que dicen esos manuales, y los chicos copian lo que dicen esos manuales. Manuales que en general son tan escuetos, tan sintetizados que al alumno le cuesta hacer su propio resumen, porque ya está tan resumido que más no se puede resumir. Y después nos quejamos al finalizar la escuela primaria que los chicos no pueden entender un texto, simplemente no le pueden sacar las ideas principales. Y eso pasa porque los libros de textos estuvieron tan sintetizados que más síntesis no se pudo hacer.
Hay otra cuestión: para qué leer libros de textos. En última instancia para aprender a conocernos nosotros mismos y saber qué hacer con nosotros… Es una cuestión compleja, como para explicarla en pocos minutos, pero la idea es que en la escuela los chicos aprendan a apropiarse de sí mismos, aprendan a apropiarse de lo propio y no simplemente aprendan de textos, aunque para apropiarse de lo propio se necesita de los textos. Por eso propongo la traducción pedagógica como una pista diferente a la trasposición didáctica. Si no, al chico le enseñamos a copiar. |